
Janet Madrigal Manzo, fundadora de Nane’s Salon & Spa en Marshalltown. Foto: Jennifer Marquez.
Janet Madrigal Manzo dejó atrás la contabilidad para abrir Nane’s Salon & Spa en Marshalltown. Tras años de búsqueda y negativas bancarias, logró comprar el edificio donde funciona su negocio.
Por Joaquin Ramirez
Se suponía que Janet Madrigal Manzo terminaría trabajando detrás de un escritorio.
Ese era su plan a los 19 años: dedicarse a la contabilidad, tener un cubículo y un empleo estructurado, tranquilo. Era seria, un poco tímida y de esas estudiantes a las que sus compañeros les decían que se tomaban demasiado en serio las tareas.
«Siempre quise que lo que hacía tuviera un propósito», cuenta. «Creo que a veces desesperaba a la gente porque me decían: “¿Por qué no puedes relajarte?”, pero yo siempre quería algo más».
El mundo de la belleza había estado presente en su vida mucho antes de que considerara convertirlo en una profesión.
Durante su infancia en México, Janet observaba a su mamá mientras se arreglaba, se peinaba y se maquillaba. Recuerda cómo ese ritual la hacía sentirse segura de sí misma.
A los 15 años comenzó a interesarse por las uñas acrílicas y a reunir productos para hacer manicuras. Después llegaron las trenzas pegadas al cuero cabelludo, los peinados recogidos, los cortes de cabello, los tratamientos faciales, las extensiones de pestañas y otras especialidades del sector.
Se inscribió en una escuela de belleza casi como quien comienza un proyecto paralelo: quería aprender técnicas que pudiera practicar con sus hermanas mientras decidía qué hacer con su futuro.
Terminó sus estudios de belleza, pero aun así siguió adelante con la contabilidad.
Durante un tiempo intentó combinar ambos trabajos. Entre semana tenía un empleo de tiempo completo y, en sus ratos libres, atendía clientas que necesitaban servicios de peluquería. Mantener ese ritmo terminó agotándola. Finalmente dejó la contabilidad y comenzó a rentar una estación de trabajo en un salón.
Años después, sus prioridades habían cambiado. Ya tenía hijos y necesitaba mayor control sobre sus horarios, para que su trabajo también le permitiera dedicarles tiempo.
Le dijo a su esposo que quería tener su propio espacio, en lugar de continuar adaptándose a la manera de trabajar de otras personas.
Fue entonces cuando comenzó a describirse como una mompreneur, una mamá emprendedora.
En 2021 abrió Nane’s Salon & Spa en Marshalltown, Iowa.
La carta que lo cambió todo
Poco después de abrir el salón, Janet recibió una carta de un abogado. Su arrendador se había declarado en bancarrota y, según la información que recibió, llevaba más de seis meses sin pagar la renta del edificio.
Apenas comenzaba a sentirse cómoda en su nuevo espacio cuando apareció la posibilidad de perderlo.
Entonces le preguntó a su esposo qué pensaba de comprar un edificio propio.
Los dos se echaron a reír.
En aquel momento, ninguno creía que fuera una posibilidad realista.
Pero Janet siguió hablando del tema. Volvió a planteárselo una y otra vez, hasta que finalmente su esposo estuvo de acuerdo en intentarlo.
Comenzó así una búsqueda que duraría años.
Janet visitó propiedades, habló con bancos y recibió una negativa tras otra.
«Seguía regresando, pero siempre tenía presente que estaba ahí para aprender», recuerda.
No hubo una oportunidad extraordinaria que resolviera todo de golpe. Continuó reuniéndose con instituciones financieras y buscando inmuebles hasta que un prestamista le dio una respuesta un poco más alentadora que las anteriores.
Todavía no era un sí, pero al menos existía una posibilidad. Janet comenzó a llevarle distintas propiedades al banco para que las evaluara.
Cuando comprar un edificio dejó de parecer un sueño lejano, surgió otra preocupación: ¿qué pasaría si finalmente lo conseguía y descubría que no estaba preparada para ser propietaria?
Antes de cerrar la compra, le confesó al anterior arrendador que tenía miedo.
Él le aconsejó que rezara por ello.
Y Janet lo hizo.
Por aquellos días, además, comenzó a notar que el número tres aparecía una y otra vez en su vida. Era su número favorito desde la infancia, cuando vivía en el departamento número 3. La dirección del salón comienza con un tres y la compra se concretó en marzo, el tercer mes del año.
«Creo que el número tres ocupa un lugar muy especial en mi corazón», dice.
Finalmente, compró el edificio.

Janet Madrigal Manzo, fundadora de Nane’s Salon & Spa en Marshalltown. Foto: Jennifer Marquez.
Un salón donde también pueden crecer otras profesionales
Nane’s Salon & Spa ha dejado de ser únicamente el lugar donde Janet atiende a sus propias clientas.
Hoy el salón cuenta con un equipo de estilistas independientes, cada una con más de 20 años de experiencia en la industria y su propia cartera de clientes.
«Ya no se trata únicamente de los servicios que yo ofrezco», explica Janet. «También se trata de crear un espacio donde otras profesionales de la belleza puedan crecer».
Además, imparte cursos en los que comparte los conocimientos que ha adquirido en distintas especialidades. Su siguiente proyecto consiste en desarrollar un programa de capacitación más formal, que ofrezca a las personas de Marshalltown otra alternativa para ingresar a la industria de la belleza.
Según Janet, Marshalltown lleva años sin una escuela de belleza. La más cercana se encuentra en Ames, aproximadamente a 40 minutos, y los programas tradicionales suelen exigir horarios difíciles de cumplir para quienes ya trabajan o tienen responsabilidades familiares.
Por eso, quiere que su programa permita estudiar a tiempo parcial.
La propuesta todavía está en desarrollo. Antes de ponerla en marcha, Janet quiere tener todos los materiales y contenidos de capacitación debidamente preparados.
Su hermano menor ya comenzó a aprender con ella, después de interesarse por su cuenta en el corte de cabello.
«Siempre me hubiera gustado tener a alguien que me impulsara y me animara un poquito más», cuenta. «La confianza en una misma es muy importante para mí y siento que está muy relacionada con la belleza. Cuando te ves bien, te sientes bien».
Janet se describe como una persona naturalmente tímida. Al principio le costaba darse a conocer, conversar con otras personas y confiar en sus habilidades dentro de una industria competitiva. Todavía se esfuerza por relacionarse más con la gente y sentirse cómoda al expresar sus ideas.
«Lo que más me gusta de ser dueña de un negocio es la libertad, la creatividad y la responsabilidad que conlleva», asegura. «Es como un proyecto que nunca termina, en el que constantemente estoy creciendo, aprendiendo y evolucionando».
Ese proyecto ahora abarca mucho más de lo que Janet imaginaba cuando comenzó a ofrecer servicios de belleza. Tiene sus propias clientas, comparte el espacio con otras profesionales, imparte cursos y continúa desarrollando un programa de formación.
La contabilidad nunca se quedó atrás
La carrera que Janet imaginaba a los 19 años no desapareció por completo de su vida.
Durante mucho tiempo se había visto trabajando en el departamento de contabilidad de una gran empresa: un puesto de responsabilidad, un cubículo y pocas interacciones cara a cara.
Sin embargo, encontrar oportunidades laborales sin experiencia resultó complicado. Con el tiempo, aquella carrera que había imaginado comenzó a significar, sobre todo, deudas estudiantiles e incertidumbre.
A los 32 años, su realidad profesional es muy distinta.
«Al final terminé ascendiéndome a mí misma para convertirme en la contadora de mi propio salón y negocio», cuenta. «En lugar de estar sentada detrás de un cubículo, puedo participar en algo que construí con mis propias manos y generar un impacto real en mi comunidad y en la industria».
Cuando otra latina le cuenta que quiere abrir un negocio, Janet sabe que los consejos por sí solos tienen sus límites.
«Más que nada, la aplaudiría y le echaría porras».
La animaría a invertir primero en su crecimiento personal, sus habilidades y su manera de pensar. Después, a construir su negocio a su manera, sin dejar que las opiniones de los demás dicten cada decisión.
Cuando le preguntan qué le diría a aquella Janet que todavía tenía que elegir entre la contabilidad y una licencia en cosmetología, responde sin pensarlo demasiado.
«Puedes lograr cualquier cosa que te propongas. Solo necesitas pasión y disciplina, y puedes tener el mundo entero a tu alcance».
Pero si hay una enseñanza que quiere compartir de su camino, desde la idea de trabajar en un cubículo hasta convertirse en propietaria de un edificio, Janet la resume en unas cuantas palabras.
«Atrévete a soñar. Simplemente atrévete a soñar con aquello que deseas alcanzar».
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