
Abigail Borrego, fundadora de Abichuela Mágica en Sioux City, Iowa. Foto: Jasmín Adriana González.
Después de emigrar de México a Estados Unidos y mudarse varias veces, Abigail Borrego reconstruyó su negocio de repostería personalizada, Abichuela Mágica, hasta establecerse en Sioux City, Iowa.
Por Maria Arriaga
Cuando Abigail Borrego llegó a Estados Unidos, dejó atrás mucho más que la vida que había construido en Monterrey, Nuevo León. También se alejó de su familia, de sus amistades y de las personas que ya conocían su talento para convertir pasteles y galletas en creaciones llenas de color y detalles.
Emigrar significó comenzar de nuevo, sin una red de apoyo, sin clientes y con la barrera del idioma como un obstáculo más en el camino.
Originaria de Veracruz, Abigail fundó Abichuela Mágica Cake Shop en Monterrey a finales de 2018. Aunque estudió Ingeniería en Gestión Empresarial, desde pequeña había sentido una conexión especial con la cocina y la repostería.
Con su negocio encontró la oportunidad de dedicarse a lo que realmente le apasionaba, desarrollar su creatividad, organizar sus propios horarios y mantenerse cerca de su familia.
Volver a empezar en Estados Unidos
Su llegada a Estados Unidos, sin embargo, estuvo marcada por la incertidumbre.
El trabajo de su esposo llevó a la familia primero a Wichita, Kansas, y después a otras ciudades. En aproximadamente un año y medio se mudaron tres o cuatro veces. Cada vez que Abigail comenzaba a formar una clientela, llegaba otra mudanza que la obligaba a despedirse y empezar desde cero en un lugar desconocido.
«Fue un año en el que lloré mucho», recuerda. «No conocía a nadie y quería seguir haciendo lo que me gustaba».
La familia finalmente encontró estabilidad al establecerse en Sioux City, Iowa.
Abigail llegó con su talento, sus raíces mexicanas y la determinación de salir adelante. Pero, una vez más, no conocía a nadie.
Levantar su negocio en esa ciudad implicó familiarizarse con nuevas regulaciones, tomar cursos de manejo de alimentos, enfrentar las dificultades del idioma y conseguir que personas que nunca habían oído hablar de ella confiaran en su trabajo.
La primera persona que confió en ella
Abigail recuerda con emoción su primera venta. Cuando apenas comenzaba, el hermano de Liz le encargó un pastel de cumpleaños.
Aquel pedido significó mucho más que una venta: fue la primera señal de que su sueño también podía tener un lugar en este nuevo país.
«Tú fuiste la primera persona que creyó en mí cuando llegué aquí», le recuerda Abigail a Liz cada vez que regresa para encargar un pastel para ella o para su hijo.
Con los años, aquella primera compra dio paso a una relación duradera, construida sobre la calidad, la confianza y la creatividad.
Poco a poco, las fotografías de sus pasteles y galletas personalizados comenzaron a llamar la atención en las redes sociales. Sus combinaciones de colores y el cuidado que ponía en cada detalle hacían que sus creaciones destacaran.
Sus raíces mexicanas también se convirtieron en una fortaleza. A través de la repostería, Abigail encontró una forma de incorporar sabores, tradiciones y la riqueza visual de una cultura que tiene tantas maneras de celebrar la vida alrededor de la comida.
Aprender a darle valor a su trabajo
Con el crecimiento del negocio llegó una lección fundamental: Abigail tenía que aprender a reconocer cuánto valía su propio trabajo.
Al principio, algunas personas consideraban que sus precios eran demasiado altos. Eso la hizo preguntarse si debía cobrar menos para conseguir más clientes.
Con el tiempo comprendió que detrás de cada creación había horas de preparación, conocimientos, materiales y una visión artística que no podía reemplazarse fácilmente.
«Tienes que valorar tu trabajo y todo el tiempo que le dedicas», afirma. «No debes restarle valor».
Abichuela Mágica funciona principalmente a través de las redes sociales y los pedidos por encargo. Abigail se especializa en repostería creativa y personalizada.
Lo que más disfruta es recibir una invitación o una idea general y tener la libertad de imaginar un diseño único a partir de ella.
Hasta el nombre del negocio guarda una parte de su historia.
«Abichuela» era el apodo que le habían puesto sus amigos en Monterrey, mientras que su esposo le sugirió agregar «Mágica» para describir todo lo que era capaz de crear.
Un negocio que se convirtió en su refugio
Detrás de cada pastel y cada galleta hay madrugadas, sacrificios y muchas horas de trabajo que los clientes no siempre alcanzan a ver.
Sin embargo, trabajar desde casa también le ha permitido mantenerse presente en la vida de sus hijos mientras dirige su negocio.
Aunque emprender significa repartir su tiempo entre las responsabilidades familiares y los pedidos, también le da la libertad de acompañar de cerca a sus hijos.

Abigail Borrego, fundadora de Abichuela Mágica en Sioux City, Iowa. Foto: Jasmín Adriana González.
«Siempre he dicho que mi negocio me salvó», comparte. «Se convirtió en mi terapia durante muchas experiencias que viví, especialmente al tener que empezar de nuevo en otro país».
Para Abigail, el éxito no significa necesariamente abrir una gran pastelería o tener varios locales.
Su sueño es seguir creciendo sin perder la libertad de crear, administrar su tiempo y estar cerca de su familia.
También quiere que sus hijos comprendan que pueden elegir un camino que los inspire y les permita sentirse realizados.
Hoy espera que su experiencia anime a otras latinas a confiar en sus talentos, incluso cuando están lejos de casa o les toca comenzar de nuevo más de una vez.
Su consejo es sencillo: «Hazlo aunque tengas miedo. Simplemente hazlo».
La historia de Abichuela Mágica demuestra que no hace falta tener todas las respuestas antes de dar el primer paso.
A veces basta con reconocer el valor de lo que llevamos dentro y encontrar el valor para construir, lejos de casa, un nuevo lugar al que podamos llamar nuestro.
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